Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Oye —le dijo a Gringoire acariciándose el deforme mentón con su mano callosa—, no sé por qué no tendrÃas que ser colgado. Es verdad que la cosa parece repugnarte, pero eso es simplemente porque vosotros, los burgueses, no estáis acostumbrados y os hacéis de ella una idea tremenda. Después de todo, no te deseamos ningún mal. Voy a decirte una manera de salir del paso por el momento. ¿Quieres ser uno de los nuestros?
Cabe imaginar el efecto que tal propuesta produjo en Gringoire, quien ya veÃa que la vida se le escapaba y empezaba a resignarse. Se agarró a ella firmemente.
—Desde luego que quiero —dijo.
—¿Aceptas enrolarte con los del espadÃn? —preguntó Clopin.
—Con los del espadÃn, exacto —respondió Gringoire.
—¿Te reconoces miembro de la franca burguesÃa? —prosiguió el rey de Thunes.
—De la franca burguesÃa.
—¿Súbdito del reino de Argot?
—Del reino de Argot.
—¿Truhán?
—Truhán.
—¿De corazón?
—De corazón.