Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Silencio! —gritó con voz estridente cuando hubo terminado, y como el caldero y la sartén no lo oÃan y continuaban con su dúo, bajó de un salto del tonel, dio una patada al caldero, que recorrió rodando una distancia de diez pasos con el niño dentro, otra a la sartén, cuya grasa se derramó sobre el fuego, y volvió a subir solemnemente a su trono sin preocuparse ni de los lloros ahogados del niño ni de los gruñidos de la vieja, que veÃa cómo su cena se convertÃa en hermosas llamas blancas.
Trouillefou hizo una señal y el duque, el emperador, los archisecuaces y los mangantes se colocaron a su alrededor formando una herradura cuyo centro ocupaba Gringoire, todavÃa fuertemente sujeto. Era un semicÃrculo de harapos, de guiñapos, de oropeles, de horcas, de hachas, de piernas tambaleantes por el vino, de rollizos brazos desnudos, de caras sórdidas, apagadas y embrutecidas. En esta tabla redonda de la pordioserÃa, Clopin-Trouillefou, como el dux de aquel senado, como el rey de aquellos pares, como el papa de aquel cónclave, sobresalÃa, ante todo debido a la altura de su tonel, pero además por cierto aire altanero, feroz y formidable que hacÃa chispear sus pupilas y corregÃa en su salvaje perfil el tipo bestial de la raza de los truhanes. ParecÃa una cabeza de jabalà entre jetas de cerdo.