Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Ah! ¿Eres tú, maese? —dijo Clopin—. ¡Yo estaba allÃ, voto a Dios! Y bien, camarada, que nos hayas aburrido esta mañana, ¿es acaso una razón para que no te colguemos esta noche?
«Va a costarme Dios y ayuda salir de esta», pensó Gringoire. No obstante, hizo otro intento.
—No entiendo por qué no se incluye a los poetas entre los truhanes —dijo—. Vagabundo, Esopo lo fue; mendigo, lo fue Homero; ladrón, Mercurio lo era…
Clopin lo interrumpió.
—Creo que quieres matagrabolizarnos[36] con tu galimatÃas: ¡Pardiós, déjate colgar sin tantos remilgos!
—Perdón, monseñor rey de Thunes —replicó Gringoire, disputando el terreno palmo a palmo—, esto merece la pena… ¡Un momento…! Escuchadme… No pensaréis condenarme sin haberme escuchado…
Su pobre voz quedaba ahogada por el guirigay que habÃa a su alrededor. El niño rascaba el caldero con más entusiasmo que nunca y, para colmo, una vieja acababa de poner sobre las trébedes ardientes una sartén llena de grasa, que chisporroteaba con un ruido semejante a los gritos de una pandilla de niños persiguiendo a una máscara.
No obstante, Clopin Trouillefou pareció conferenciar un momento con el duque de Egipto y el emperador de Galilea, el cual estaba completamente borracho.