Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Basta! —dijo Trouillefou sin dejarlo acabar—. Vas a ser colgado. ¡SÃ, asà de simple, señores burgueses honrados! Tal como vosotros tratáis a los nuestros en vuestro mundo, nosotros tratamos a los vuestros en el nuestro. Las leyes que aplicáis a los truhanes, los truhanes os las aplican a vosotros. Si son malas, la culpa es vuestra. Hay que ver de vez en cuando una mueca de hombre honrado por encima del collar de cáñamo; eso hace la cosa honorable. Vamos, amigo, reparte alegremente tus harapos entre esas mozas. Voy a hacer que te cuelguen para divertir a los truhanes, y tú les darás tu bolsa para que beban. Si tienes que hacer alguna pantomima, ahÃ, en el almirez, hay un Dios Padre buenÃsimo de piedra que robamos en Saint-Pierre-aux-Boeufs. Tienes cuatro minutos para arrojarle tu alma a la cabeza.
El discurso era formidable.
—¡Bien dicho, sÃ, señor! ¡Clopin Trouillefou predica como un santo padre el papa! —exclamó el emperador de Galilea rompiendo su vaso para calzar la mesa.
—Señores emperadores y reyes —dijo Gringoire con sangre frÃa (pues, no sé cómo, habÃa recobrado la firmeza y hablaba con resolución)—, quitáoslo de la cabeza. Me llamo Pierre Gringoire, soy el poeta autor de la moralidad que se ha representado esta mañana en la Gran Sala del palacio.