Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Maese… —balbució—, monseñor…, sire…, ¿cómo debo llamaros? —acabó por preguntar, al haber llegado al punto culminante de su crescendo y no saber ni cómo subir ni cómo bajar.
—Monseñor, majestad o camarada, llámame como quieras, pero espabila. ¿Qué tienes que decir en tu defensa?
«¡En tu defensa! —pensó Gringoire—. Esto no me gusta.»
— Yo soy el que esta mañana… —continuó tartamudeando.
—¡Por las uñas del diablo! —lo interrumpió Clopin—. Di tu nombre y nada más, bribón. Presta atención. Estás ante tres poderosos soberanos: yo, Clopin Trouillefou, rey de Thunes, sucesor del gran coesre, soberano supremo del reino de Argot; Mathias Hungadi Spicali, duque de Egipto y de Bohemia, ese viejo amarillento que ves allà con un trapo alrededor de la cabeza; y Guillaume Rousseau, emperador de Galilea, ese gordo que no nos escucha y que está acariciando a una ribalda. Nosotros somos tus jueces. Has entrado en el reino de Argot sin ser argotero, has violado los privilegios de nuestra ciudad, asà que debes ser castigado, a menos que seas tahúr, desahuciado o achicharrado, es decir, en la jerga de la gente honrada, ladrón, mendigo o vagabundo. ¿Eres algo de eso? ExplÃcate. Enumera tus cualidades.
—¡Ay! —dijo Gringoire—. Desgraciadamente, no tengo ese honor. Yo soy el autor…