Nuestra Señora de París

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Era un miserable bicoquete, es verdad, pero todavía útil un día de sol o un día de lluvia. Gringoire suspiró.

El rey, desde lo alto de su tonel, le dirigió entonces la palabra:

—¿Quién es este perillán?

Gringoire se estremeció. Aquella voz, aunque acentuada por la amenaza, le recordó otra voz que esa misma mañana había asestado el primer golpe a su misterio diciendo con voz gangosa en medio del público: «¡Una caridad, por lo que más queráis!». Levantó la cabeza. Era, en efecto, Clopin Trouillefou.

Clopin Trouillefou, luciendo sus insignias reales, no llevaba ni un harapo de más ni uno de menos. La herida de su brazo había desaparecido. Empuñaba uno de esos látigos de tiras de cuero blancas que utilizaban entonces los alguaciles de vara para apiñar a la gente y que llamaban boullayes. En la cabeza llevaba una especie de tocado circular cerrado por arriba, pero resultaba difícil distinguir si se trataba de una chichonera o de una corona de rey, dado lo mucho que ambas cosas se parecen.

Sin embargo, Gringoire, sin saber por qué, había recuperado cierta esperanza al reconocer en el rey de la Corte de los Milagros al maldito mendigo de la Gran Sala.


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