Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Por todas partes estallaban risotadas y se oían canciones obscenas. Cada uno se ocupaba de sí mismo, refunfuñando y maldiciendo sin escuchar al vecino. Brindaban, y las pendencias surgían con el chocar de los vasos, y los vasos desportillados hacían desgarrar los harapos.
Un perro de gran tamaño, sentado sobre su rabo, miraba el fuego. Había también niños en aquella orgía. El niño robado, que lloraba y chillaba. Otro, de cuatro años ya, sentado con las piernas colgando en un banco demasiado alto, con la mesa a la altura de la barbilla, sin decir una sola palabra. Un tercero que, muy serio, extendía con un dedo por la mesa el sebo fundido que chorreaba de una vela. Por último, uno pequeño, en cuclillas entre el fango, metido casi por entero en un caldero que rascaba con una teja y del que sacaba un sonido que haría desmayarse a Stradivarius.
Un tonel estaba junto al fuego, y sobre el tonel, un mendigo. Era el rey en su trono.
Los tres que sujetaban a Gringoire lo llevaron ante el tonel, y toda la bacanal quedó un momento en silencio, excepto el caldero habitado por el niño.
Gringoire no se atrevía ni a respirar ni a levantar los ojos.
—Hombre, quítate el sombrero[35] —dijo uno de los tres que lo tenían agarrado, y antes de que hubiera comprendido lo que quería decir, el otro se lo había cogido.