Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs sin barco cruzo el mar.
Pájaro es mi madre,
pájaro es mi padre.
—Está bien —dijo Gringoire—. ¿A qué edad vinisteis a Francia?
—Muy pequeña.
—¿Y a ParÃs?
—El año pasado. En el momento en que entrábamos por la puerta Papal, vi pasar volando una bandada de carriceros. Estábamos a finales de agosto, y dije: El invierno será crudo.
—Y lo ha sido —dijo Gringoire, encantado de ese inicio de conversación—. Yo me lo he pasado soplándome los dedos. ¿Tenéis acaso el don de la profecÃa?
Ella volvió a caer en su laconismo.
—No.
—Ese hombre al que llamáis el duque de Egipto, ¿es el jefe de vuestra tribu?
—SÃ.
—Pues ha sido él quien nos ha casado —señaló tÃmidamente el poeta.
Ella hizo su delicioso mohÃn habitual.
—Ni siquiera sé tu nombre.