Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Qué mala! —repuso el poeta—. No importa, no me haréis enfadar. Bien pensado, quizá conociéndome mejor me améis; además, vos me habéis contado vuestra vida con tanta confianza que en cierto modo os debo contaros la mÃa. Sabed, pues, que me llamo Pierre Gringoire y que soy hijo del titular de la notarÃa de Gonesse. A mi padre lo colgaron los borgoñones y a mi madre la mataron los picardos durante el sitio de ParÃs, hace veinte años. A los seis años era, pues, huérfano, y la única suela que tenÃa para mis pies era el adoquinado de ParÃs. No sé cómo pasé el intervalo de los seis años a los dieciséis. Una frutera me daba una ciruela, un panadero me echaba una corteza de pan…, por la noche me las arreglaba para que los doscientos veinte[39] me metieran en la cárcel, donde encontraba un montón de paja sobre el que dormir. Todo eso no me impidió crecer y adelgazar, como veis. En invierno me calentaba al sol bajo el porche del hotel de Sens y me parecÃa francamente ridÃculo que reservaran las hogueras de San Juan para la canÃcula. A los dieciséis años quise tener un oficio y fui sucesivamente probándolo todo. Me hice soldado, pero no era suficientemente valiente. Me hice monje, pero no era suficientemente devoto. Además, aguanto mal la bebida. Desesperado, entré de aprendiz con los carpinteros que manejan la segur, pero no era suficientemente fuerte. Me inclinaba más por ser maestro de escuela; es verdad que no sabÃa leer, pero eso no es un obstáculo. Al cabo de algún tiempo me percaté de que para todo me faltaba algo, y al ver que no servÃa para nada me hice por voluntad propia poeta y compositor de ritmos. Es un oficio que siempre se puede escoger cuando uno es vagabundo, y es preferible eso que robar, como me aconsejaban algunos de los jóvenes maleantes que tenÃa por amigos. Por suerte, un buen dÃa conocà a don Claude Frollo, el reverendo arcediano de Notre-Dame, quien se interesó por mà y al que debo ser hoy un verdadero letrado, instruido en latÃn desde Los oficios de Cicerón hasta el Necrologio de los padres celestinos, y nada ignorante ni en escolástica, ni en poética, ni en rÃtmica, ni tampoco en hermética, esa sofia de lassofias. Soy el autor del misterio que se ha representado hoy, con gran éxito y gran afluencia de público, en plena Gran Sala del palacio. He escrito asimismo un libro que debe de tener seiscientas páginas sobre el prodigioso cometa de 1465, causante de la locura de un hombre. Y he obtenido también otros éxitos. Dado que tengo cierta experiencia como carpintero de artillerÃa, trabajé en aquella bombarda de Jean Maugue que, como sabéis, reventó en el puente de Charenton el dÃa que la probaron y mató a veinticuatro curiosos. Como veis, no soy un mal partido. Sé muchas cosas idóneas para enseñarle a vuestra cabra; por ejemplo, imitar al obispo de ParÃs, ese maldito fariseo cuyos molinos salpican a los que pasan por el Pont-aux-Meuniers. Además, el misterio me reportará mucho dinero contante y sonante, si es que me lo pagan. En fin, estoy a vuestras órdenes, yo, mi inteligencia, mi ciencia y mis letras, dispuesto a vivir con vos, señorita, como os plazca: casta o alegremente; como marido y mujer, si os parece oportuno; o como hermano y hermana, si os parece preferible.