Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Ahora bien, toda aquella multitud aguardaba desde primera hora de la mañana. Un buen número de aquellos honrados curiosos tiritaban desde el alba ante la gran escalinata del palacio; algunos incluso afirmaban haber pasado la noche atravesados delante de la gran puerta para estar seguros de entrar los primeros. La muchedumbre se incrementaba por momentos y, como el agua que sobrepasa su nivel, empezaba a elevarse a lo largo de las paredes, a crecer alrededor de los pilares, a desbordarse en los entablamentos, en las cornisas, en los antepechos de las ventanas, en todos los salientes de la arquitectura, en todos los relieves de la escultura. Así pues, la incomodidad, la impaciencia, el aburrimiento, la libertad de un día de cinismo y de locura, los altercados que estallaban a cada paso por un codazo o un pisotón y el cansancio de una larga espera daban ya, mucho antes de la hora a la que los embajadores debían llegar, un toque agrio y amargo al clamor de ese pueblo encerrado, encajonado, apretujado, oprimido, asfixiado. Solo se oían quejas e imprecaciones contra los flamencos, el preboste de los comerciantes, el cardenal de Borbón, el baile del palacio, Margarita de Austria, los alguaciles de vara, el frío, el calor, el mal tiempo, el obispo de París, el papa de los locos, los pilares, las estatuas, esta puerta cerrada, aquella ventana abierta; todo ello para gran diversión de las pandillas de estudiantes y de lacayos diseminados entre la masa, que sumaban a todo ese descontento sus pullas y sus picardías, y avivaban a alfilerazos, por decirlo de algún modo, el mal humor general.