Nuestra Señora de París

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Había, entre otros, un grupo de esos alegres demonios que, tras haber roto los cristales de una ventana, se había sentado audazmente en el entablamento y desde allí dirigía sus miradas y sus chanzas ora al interior, ora al exterior, ora al gentío de la sala, ora al gentío de la plaza. Por sus gestos de parodia, por sus carcajadas, por las palabras burlonas que intercambiaban de una punta a otra de la sala con sus compañeros, resultaba fácil deducir que aquellos jóvenes clérigos[5] no compartían el aburrimiento y el cansancio del resto de los asistentes y que sabían extraer muy bien de lo que tenían ante los ojos, para su diversión personal, un espectáculo que les permitía aguardar pacientemente el otro.

—¡Por mi honor, sois vos, Joannes Frollo de Molendino! —dijo gritando uno de ellos a una suerte de diablillo rubio, de agraciado y pícaro rostro, agarrado a los acantos de un capitel—. Hacen bien en llamaros Jehan del Molino, pues vuestros dos brazos y vuestras dos piernas parecen cuatro aspas movidas por el viento. ¿Cuánto tiempo hace que estáis aquí?

—¡Por la misericordia del diablo! Más de cuatro horas ya —contestó Joannes Frollo—, y espero que me sean descontadas de mi tiempo de purgatorio. He oído a los ocho sochantres del rey de Sicilia entonar el primer versículo de la misa cantada de siete en la Santa Capilla.


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