Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡MagnÃficos sochantres! —repuso el otro—. ¡Y tienen la voz todavÃa más aguda que la punta de sus bonetes! Antes de instituir una misa por san Juan, el rey deberÃa haberse informado de si a san Juan le gusta el latÃn salmodiado con acento provenzal.
—¡Lo ha hecho para emplear a esos malditos sochantres del rey de Sicilia! —gritó con acritud una anciana entre el gentÃo agolpado bajo la ventana—. ¡Ya me diréis…! ¡Mil libras parisienses por una misa! ¡Y de los impuestos del pescado de mar de la lonja de ParÃs, por si fuera poco!
—¡Haya paz, vieja, haya paz! —replicó, al lado de la pescadera, un personaje gordo y muy serio tapándose la nariz—. HabÃa que instituir una misa. ¿O acaso querÃais que el rey volviera a caer enfermo?
—¡Asà se habla, señor Gilles Lecornu,[6] maestro peletero-manguitero de las prendas del rey! —dijo el estudiante menudo encaramado al capitel.
Una carcajada de todos los estudiantes acogió el malhadado apellido del pobre peletero-manguitero de las prendas del rey.
—¡Lecornu! ¡Gilles Lecornu! —decÃan unos.
—Cornutus et hirsutus —precisaba otro.