Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Dio una vuelta por la habitación. No había ningún mueble apropiado para dormir, salvo un arcón de madera bastante largo, pero tenía la tapa repujada, lo que produjo a Gringoire, al tumbarse encima, una sensación más o menos similar a la que debió de experimentar Micromegas al tumbarse cuan largo era sobre los Alpes.
—¡Bueno! —dijo, acomodándose lo mejor que pudo—. No hay más remedio que resignarse. Pero vive Dios que es una extraña noche de bodas. Una pena, la verdad. Esa ceremonia del cántaro roto tenía algo ingenuo y antediluviano que me gustaba.