Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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—¡Ay, Dios mío! —dijo una vieja entre el auditorio—. ¡Encima de la terrible peste que hubo el año pasado, y de que dicen que los ingleses van a desembarcar en Harefleu!

—Quizá eso impida que la reina venga a París en el mes de septiembre —dijo otra—. ¡Las cosas van ya muy mal!

—Soy de la opinión —intervino Jehanne de la Tarme— de que para los villanos de París valdría más acostar a este pequeño brujo sobre un haz de leña que sobre una tabla.

—¡Un buen haz de leña ardiendo! —añadió la vieja.

—Eso sería más prudente —dijo Mistricolle.

Desde hacía un rato, un joven sacerdote escuchaba los razonamientos de las haudriettes y las sentencias del protonotario. Tenía una cara severa, una frente ancha y una mirada profunda. Apartó en silencio a la gente, examinó al «pequeño brujo» y extendió la mano sobre él. Había llegado el momento, pues a todas las devotas se les hacía ya la boca agua pensando en el «buen haz de leña ardiendo».

—Adopto a este niño —dijo el sacerdote.

Lo cogió con su sotana y se lo llevó. Los asistentes lo siguieron con ojos de pasmo. Un momento después, había desaparecido por la Puerta Roja, que entonces conducía de la iglesia al claustro.


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