Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Se volvió de espaldas después de haber echado a la bacinilla un florÃn de plata, que tintineó entre monedas más modestas e hizo poner ojos de asombro a las pobres mujeres de la capilla Étienne-Haudry.
Al cabo de un momento, el serio y docto Robert Mistricolle, protonotario del rey, pasó con un enorme misal bajo un brazo y su mujer (doña Guillemette la Mairesse) cogida del otro, de modo que llevaba a sus dos reguladores, el espiritual y el temporal, uno a cada lado.
—¡Un niño abandonado! —dijo después de haber examinado el objeto—. ¡Aparentemente abandonado sobre el parapeto del rÃo Flegetonte!
—Solo se le ve un ojo —observó doña Guillemette—. En el otro tiene una verruga.
—No es una verruga —contestó maese Robert Mistricolle—. Es un huevo que contiene otro demonio igual, el cual tiene otro huevo más pequeño que contiene otro diablo, y asà sucesivamente.
—¿Cómo sabéis eso? —preguntó Guillemette.
—Lo sé a ciencia cierta —respondió el protonotario.
—Señor protonotario, ¿qué pronosticáis de este niño expósito? —preguntó Gauchère.
—Las mayores desdichas —respondió Mistricolle.