Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Qué inocente es esta pobre Agnès! —decÃa Jehanne—. ¿No veis, hermana, que este pequeño monstruo tiene por lo menos cuatro años y que recibirÃa con más gusto un asado que vuestro pecho?
En efecto, aquel «pequeño monstruo» (a nosotros también nos resultarÃa muy difÃcil calificarlo de otro modo) no era un recién nacido. Era una pequeña masa muy angulosa y en constante movimiento, metida en un saco de tela con la marca de micer Guillaume Chartier, por aquel entonces obispo de ParÃs, del que sobresalÃa una cabeza. Esa cabeza era bastante deforme. Solo se veÃa un bosque de cabellos rojos, un ojo, una boca y dientes. El ojo lloraba, la boca chillaba, y los dientes no parecÃan pedir otra cosa que morder. El conjunto se debatÃa dentro del saco, ante el estupor de la multitud que aumentaba y se renovaba continuamente alrededor.
Doña Aloïse de Gondelaurier, una mujer rica y noble que llevaba a una preciosa niña de unos seis años de la mano y un largo velo prendido en el pico dorado de su tocado, se detuvo al pasar por delante de la cama y miró un momento a la desgraciada criatura, mientras su encantadora niña Flor de Lis de Gondelaurier, vestida de seda y terciopelo, leÃa el letrero clavado en la cama de madera señalándolo con su tierno dedito: NIÑOS EXPÓSITOS.
—La verdad —dijo la dama, apartándose con repugnancia—, yo creÃa que aquà solo se exponÃan niños.