Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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—Es un milagro —rectificaba Henriette la Gaultière.

—Entonces —precisaba Agnès— es el tercero desde el domingo Laetare. Porque no hace aún ocho días tuvimos el milagro del que se burlaba de los peregrinos y fue castigado por Nuestra Señora de Aubervilliers, y ya era el segundo del mes.

—Este supuesto niño expósito es un verdadero monstruo de abominación —decía Jehanne.

—Berrea como para dejar sordo a un chantre —proseguía Gauchère—. ¡Calla de una vez, gritón!

—¡Y pensar que es el arzobispo de Reims quien envía esta monstruosidad al arzobispo de París! —añadía Henriette la Gaultière juntando las manos.

—Supongo —decía Agnès la Herme— que es una bestia, un animal, el producto de un judío con una cerda, en fin, algo que no es cristiano y que hay que arrojar al agua o al fuego.

—Confío en que no lo quiera nadie —decía Henriette la Gaultière.

—¡Ah, Dios mío! —exclamaba Agnès—. ¡Pobres nodrizas de la casa de niños abandonados, esa que está al final de la calle yendo río abajo, al lado de donde vive monseñor el obispo, si les llevaran a este pequeño monstruo para amamantarlo! ¡Preferiría dar de mamar a un vampiro!


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