Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs En primera fila y más inclinadas sobre la cama que el resto, destacaban cuatro que, a juzgar por su cogulla gris, una especie de sotana, debÃan de pertenecer a alguna hermandad piadosa. Bien pensado, no veo por qué la historia no habrÃa de transmitir a la posteridad los nombres de estas cuatro discretas y venerables señoras. Eran Agnès la Herme, Jehanne de la Tarme, Henriette la Gaultière y Gauchère la Violette, las cuatro viudas, las cuatro mujeres piadosas de la capilla Étienne-Haudry, que habÃan salido de casa con permiso de su superiora y de conformidad con los estatutos de Pierre d’Ailly para ir a escuchar el sermón.
Por lo demás, si bien estas buenas haudriettes[49] observaban de momento los estatutos de Pierre d’Ailly, violaban sin ningún remordimiento los de Michel de Brache y el cardenal de Pisa, que tan inhumanamente les prescribÃan silencio.
—¿Qué es eso, hermana? —decÃa Agnès a Gauchère observando a la criaturita expuesta, que, asustada por ser blanco de tantas miradas, no dejaba de chillar y retorcerse sobre la cama de madera.
—¿Adónde vamos a ir a parar —decÃa Jehanne—, si es asà como hacen ahora a los niños?
—Yo no entiendo de niños —añadÃa Agnès—, pero debe de ser pecado mirar a este.
—No es un niño, Agnès.
—Es un mono malogrado —observaba Gauchère.