Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París En efecto, Claude Frollo no era un personaje vulgar.
Pertenecía a una de esas familias medias a las que llamaban indistintamente, en el lenguaje impertinente del siglo pasado, alta burguesía o pequeña nobleza. La familia había heredado de los hermanos Paclet el feudo de Tirechappe, que dependía del obispo de París y cuyas veintiuna casas habían sido objeto en el siglo XIII de muchos pleitos ante el provisor. Como poseedor de este feudo, Claude Frollo era uno de los «siete veintiún» señores aspirantes a censo en París y sus arrabales, y durante mucho tiempo se pudo ver su nombre inscrito en calidad de tal, entre el hotel de Tancarville, perteneciente a maese François Le Rez, y el colegio de Tours, en el cartulario depositado en Saint-Martin-des-Champs.
Claude Frollo había sido destinado desde la infancia por sus padres al estado eclesiástico. Le habían enseñado a leer en latín. Lo habían educado inculcándole que debía bajar los ojos y hablar en voz baja. A muy temprana edad, su padre lo había internado en el colegio de Torchi, en la Universidad. Allí había crecido, en compañía del misal y del lexicón.