Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Entonces, todo aquel que nacía poeta se hacía arquitecto. El genio esparcido entre las masas, comprimido por todas partes bajo el feudalismo como bajo una testudo[69] de escudos de bronce, al no encontrar salida sino por el lado de la arquitectura, desembocaba en este arte, y sus Ilíadas adoptaban la forma de catedrales. Todas las demás artes obedecían y se sometían a la arquitectura. Eran los obreros de la gran obra. El arquitecto, el poeta, el maestro totalizaba en su persona la escultura que le cincelaba las fachadas, la pintura que le iluminaba las vidrieras, la música que ponía en movimiento su campana y soplaba en sus órganos. No había nada, ni siquiera la pobre poesía propiamente dicha, la que se obstinaba en vegetar en los manuscritos, que no se viera obligado, para ser algo, a enmarcarse en el edificio en forma de himno o de prosa; el mismo papel, después de todo, que habían representado las tragedias de Esquilo en las fiestas sacerdotales de Grecia y el Génesis en el templo de Salomón.