Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Los caracteres generales de toda arquitectura teocrática son la inmutabilidad, el horror al progreso, la conservación de las líneas tradicionales, la consagración de los tipos primitivos, la sumisión constante de todas las formas del hombre y de la naturaleza a los caprichos incomprensibles del símbolo. Son libros tenebrosos que solo los iniciados saben descifrar. Por lo demás, toda forma, toda deformidad incluso, encierra un sentido que la hace inviolable. No les pida a las construcciones hindú, egipcia o románica que reformen su dibujo o mejoren su estatuaria. Todo perfeccionamiento es impiedad para ellas. En esas arquitecturas, parece que la rigidez del dogma se haya extendido por la piedra como una segunda petrificación. Los caracteres generales de las construcciones populares, por el contrario, son la variedad, el progreso, la originalidad, la opulencia, el movimiento perpetuo. Están ya suficientemente apartadas de la religión para pensar en su belleza, para cuidarla, para corregir sin descanso su ornamentación de estatuas o de arabescos. Son del siglo. Tienen algo humano que mezclan sin cesar con el símbolo divino bajo el que todavía se producen. El resultado son edificios que cualquier alma, cualquier inteligencia, cualquier imaginación puede penetrar, simbólicos todavía, pero fáciles de comprender como la naturaleza. Entre la arquitectura teocrática y esta existe la misma diferencia que entre una lengua sagrada y una lengua vulgar, entre el jeroglífico y el arte, entre Salomón y Fidias.