Nuestra Señora de París

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Realmente, imagínese en la mesa prebostal, entre dos legajos de procesos, apoyado en los codos, con un pie pisando la cola de su toga de paño pardo y liso, la cara enmarcada por su piel de cordero blanca, con la que las cejas parecían no tener nada que ver, colorado, arisco, guiñando un ojo, llevando con majestad la grasa de sus mejillas, las cuales se juntaban bajo el mentón, a maese Florian Barbedienne, auditor del Châtelet.

Pero el auditor era sordo. Leve defecto para un auditor, que no impedía a maese Florian juzgar menos inapelablemente y con mucha precisión. Cierto es que, tratándose de un juez, basta con que parezca que escucha; y el venerable auditor cumplía tanto mejor esta condición, la única esencial en justicia, cuanto que ningún ruido podía distraer su atención.

Por lo demás, se encontraba en la sala un implacable controlador de su vida y milagros en la persona de nuestro amigo Jehan Frollo del Molino, aquel joven estudiante de ayer, aquel «peatón» al que siempre tenía uno la seguridad de encontrarse en cualquier lugar de París, excepto ante la cátedra de sus profesores.



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