Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Sin embargo, la audiencia había empezado sin él. Sus lugartenientes en lo civil, en lo criminal y en lo particular hacían su trabajo, según la costumbre; y desde las ocho de la mañana, unas decenas de burgueses y burguesas, amontonados y apiñados en un rincón oscuro de la audiencia del Châtelet, entre una sólida barrera de roble y la pared, asistían dichosos al variado y divertido espectáculo de la justicia civil y criminal administrada por maese Florian Barbedienne, auditor del Châtelet y lugarteniente del señor preboste, con cierto desorden y absolutamente al tuntún.
La sala era pequeña, baja y abovedada. Al fondo, una mesa flordelisada, con un gran sillón de madera de roble esculpida, que era del preboste y estaba vacío, y un escabel a la izquierda para el auditor, maese Florian. Abajo estaba el escribano escribiendo. Enfrente estaba el pueblo; y delante de la puerta y de la mesa, numerosos alguaciles del prebostazgo con casaca de camelote violeta con cruces blancas. Dos alguaciles del Parloir-aux-Bourgeois, que lucían sus chaquetas de Todos los Santos, mitad rojos, mitad azules, montaban guardia delante de una puerta baja, cerrada, que se veía al fondo, detrás de la mesa. Una sola ventana ojival, estrechamente encajada en el grueso muro, iluminaba con un pálido rayo de enero dos grotescas figuras: el caprichoso demonio de piedra pinjante en la clave de la bóveda y el juez sentado al fondo de la sala sobre las flores de lis.