Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Sin embargo, con tantos motivos para tomarse la vida con paciencia y alegría, micer Robert d’Estouteville se había despertado la mañana del 7 de enero de 1482 muy mohíno y de un humor de perros. ¿Qué le provocaba ese mal humor? Ni él mismo habría sabido decirlo. ¿Era porque el cielo estaba gris?, ¿porque la hebilla de su viejo cinturón de Montlhéry estaba muy apretada y ceñía demasiado militarmente su barriga de preboste?, ¿porque había visto pasar por la calle, bajo su ventana, a unos ribaldos que, en grupos de cuatro, sin camisa bajo el jubón, con gorro agujereado y bizaza y botella en el costado, hacían befa de él? ¿Era por un vago presentimiento del recorte de trescientas setenta libras, dieciséis sueldos y ocho dineros que el futuro rey Carlos VIII aplicaría el año siguiente a las rentas del prebostazgo? El lector puede elegir; en cuanto a nosotros, nos inclinaríamos a creer sencillamente que estaba de mal humor porque estaba de mal humor.
Téngase en cuenta que era el día siguiente de una fiesta, día de aburrimiento para todo el mundo, en especial para el magistrado encargado de barrer toda la basura, en sentido propio y figurado, que genera una fiesta en París. Y además debía celebrar sesión en el Grand-Châtelet. Y hemos observado que en general los jueces se las arreglan para que su día de audiencia sea también su día de mal humor, a fin de tener siempre a alguien con quien desahogarse cómodamente, en nombre del rey, de la ley y de la justicia.