Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París En efecto.
Era Quasimodo, cinchado, cercado, atado, agarrotado y convenientemente custodiado. La escuadra de soldados que lo rodeaba iba acompañada por el caballero de la guardia en persona, con las armas de Francia bordadas en el pecho y las armas de la ciudad en la espalda. Nada había, por lo demás, en Quasimodo, aparte de su deformidad, que pudiera justificar aquel aparato de alabardas y arcabuces. Estaba taciturno, silencioso y tranquilo. A duras penas su ojo único lanzaba de vez en cuando hacia las ataduras que lo inmovilizaban una mirada solapada y colérica.
Paseó esa misma mirada a su alrededor, pero tan apagada y soñolienta que las mujeres se lo señalaban unas a otras con el dedo para reírse de él.