Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Entre tanto, maese Florian, el auditor, hojeó con atención el expediente de la denuncia presentada contra Quasimodo que le entregó el escribano y, una vez visto, pareció recogerse un instante. Gracias a esta precaución que nunca olvidaba tomar en el momento de proceder a un interrogatorio, conocía de antemano el nombre, la condición y los delitos del detenido, daba réplicas previstas a preguntas previstas y conseguía salir airoso de todas las sinuosidades del interrogatorio sin que se notara demasiado su sordera. El expediente del proceso era para él como el perro para un ciego. Si por casualidad su deficiencia lo delataba en algún momento por alguna increpación incoherente o alguna pregunta incomprensible, aquello era interpretado como profundidad por unos y como imbecilidad por otros. En ambos casos, el honor de la magistratura quedaba intacto; porque es preferible que un juez tenga fama de imbécil o de profundo que de sordo. Así pues, él ponía sumo cuidado en disimular su sordera ante todo el mundo, y solía conseguirlo tan bien que había llegado a creérselo él mismo. Lo cual es, por lo demás, más fácil de lo que se piensa. Todos los jorobados van con la cabeza alta, todos los tartamudos peroran, todos los sordos hablan bajo. En cuanto a él, creía que era, como mucho, un poco duro de oído. Era la única concesión que hacía sobre este punto, en sus momentos de franqueza y de examen de conciencia, a la opinión pública.