Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Habiendo, pues, rumiado a fondo el caso de Quasimodo, echó la cabeza hacia atrás y entornó los ojos para dar una impresión más majestuosa e imparcial, de manera que en aquel momento estaba a la vez sordo y ciego. Doble condición sin la cual no hay juez perfecto. Y en esta magistral actitud comenzó el interrogatorio.

—¿Vuestro nombre?

Pero hete aquí un caso que no había sido «previsto por la ley», aquel en el que un sordo tuviera que interrogar a otro sordo.

Quasimodo, al que nada advertía de la pregunta que se le estaba formulando, continuó mirando al juez fijamente y no respondió. El juez, sordo y al que nada advertía de la sordera del acusado, creyó que este había respondido, como hacían en general todos los acusados, y prosiguió con su aplomo mecánico y estúpido.

—Está bien. ¿Vuestra edad?

Quasimodo no contestó tampoco a esta pregunta. El juez la creyó respondida y continuó.

—Ahora, vuestro estado…

De nuevo el mismo silencio. Los asistentes, sin embargo, empezaban a susurrar y a mirarse unos a otros.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker