Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs PermÃtanos el lector que lo llevemos de nuevo a la plaza de Grève, lugar que dejamos ayer con Gringoire para seguir a Esmeralda.
Son las diez de la mañana. Todo indica que es el dÃa posterior a una fiesta. El suelo está cubierto de restos, cintas, trapos, plumas de penacho, gotas de cera de los hachones y migajas de la comilona pública. Un buen número de burgueses deambula de acá para allá removiendo con el pie los tizones apagados de la hoguera, extasiándose ante la Casa de los Pilares, recordando las hermosas colgaduras del dÃa anterior y mirando hoy —último placer— los clavos. Los vendedores de sidra y de cerveza empujan sus barriles entre los grupos de gente. Algunos transeúntes atareados pasan en todas direcciones. Los comerciantes charlan y se llaman unos a otros desde la puerta de sus tiendas. La fiesta, los embajadores, Coppenole y el papa de los locos están en boca de todos. Comentan y rÃen a cuál más y mejor. Sin embargo, cuatro soldados a caballo que acaban de apostarse en las cuatro esquinas de la picota ya han congregado a su alrededor a una buena parte del pueblo esparcido por la plaza, que se condena a la inmovilidad y al aburrimiento con la esperanza de asistir a una pequeña ejecución.