Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Mahiette suspiró y se enjugó una lágrima que le empañaba los ojos.
—No es una historia muy extraordinaria —dijo Gervaise—, y no veo en todo eso que contáis ni egipcias ni niños.
—¡Paciencia! —prosiguió Mahiette—. Niño, vais a ver uno. En 1466, dieciséis años hará este mes por santa Paula, Paquette dio a luz una niña. ¡Fue una gran alegrÃa para la desdichada! Deseaba un hijo desde hacÃa tiempo. Su madre, una buena mujer que nunca habÃa sabido sino cerrar los ojos, habÃa muerto. Paquette ya no tenÃa a nadie a quien querer en el mundo, ni nadie que la quisiera. Desde que se habÃa perdido, hacÃa cinco años, la Chantefleurie era una pobre criatura. Estaba sola, sola en la vida, la señalaban con el dedo, la abucheaban por las calles, los soldados le pegaban y los chiquillos desharrapados se burlaban de ella. Además, habÃa llegado a los veinte, y veinte años es la vejez para las enamoradas. La disipación empezaba a reportarle menos que la pasamanerÃa antes; por cada arruga que venÃa, un escudo se iba; el invierno volvÃa a resultarle duro, la leña escaseaba cada vez más en su hogar y el pan en su artesa. Ya no podÃa trabajar, porque al volverse voluptuosa se habÃa vuelto perezosa, y sufrÃa mucho más, porque al volverse perezosa se habÃa vuelto voluptuosa… Asà es al menos como el señor cura de Saint-Remy explica por qué esas mujeres tienen más frÃo y más hambre que otras pobres cuando son viejas.