Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Ahora mismo —le respondió Oudarde—. Es una obra de caridad.
No era ese el parecer de Eustache.
—¡Vaya, mi torta! —dijo, tocándose alternativamente uno y otro hombro con una y otra oreja, lo que en un caso asà es la muestra suprema del descontento.
Las tres mujeres volvieron sobre sus pasos y, al llegar a las inmediaciones de la casa de la Tour-Roland, Oudarde les dijo a las otras dos:
—No debemos mirar las tres a la vez por el agujero para evitar que la Sachette se asuste. Vosotras dos haced como que estáis leyendo el dominus en el breviario, mientras yo asomo la nariz por la lucera. La Sachette me conoce un poco. Os avisaré cuando podáis venir.
Se acercó sola a la lucera. En el momento en que su mirada penetró en el interior, una profunda compasión se pintó en todas sus facciones y su alegre y franca fisonomÃa cambió tan bruscamente de expresión y de color como si hubiera pasado de estar expuesta a un rayo de sol a estar expuesta a un rayo de luna. Sus ojos se humedecieron, su boca se contrajo como cuando uno va a romper a llorar. Al cabo de un momento, poniendo un dedo sobre sus labios, le hizo una seña a Mahiette para que se acercara.
Mahiette se acercó, emocionada, en silencio y de puntillas, como cuando uno se acerca al lecho de un moribundo.