Nuestra Señora de París

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Mientras mantenían esta conversación, las tres dignas burguesas habían llegado a la plaza de Grève. En su preocupación, habían pasado sin detenerse ante el breviario público de la Tour-Roland y se dirigían maquinalmente hacia la picota, en torno a la cual el gentío iba en aumento. Es probable que el espectáculo que atraía en aquel momento todas las miradas les hubiera hecho olvidar por completo el Agujero de las Ratas y la parada que se habían propuesto hacer allí, si el rollizo Eustache de seis años, al que su madre llevaba de la mano, no se lo hubiera recordado.

—Madre —dijo, como si un instinto le advirtiera de que el Agujero de las Ratas había quedado a su espalda—, ¿ahora ya puedo comerme la torta?

Si Eustache hubiera sido más hábil, es decir, menos glotón, habría seguido esperando y no se habría aventurado hasta la vuelta, ya en la Universidad, en casa, en la residencia de micer Andry Musnier, en la calle Madame-la-Valence, cuando los dos brazos del Sena y los cinco puentes de la Cité hubieran quedado entre el Agujero de las Ratas y la torta, a formular esa tímida pregunta: «Madre, ¿ahora ya puedo comerme la torta?».

Mas la pregunta, imprudente en el momento en que Eustache la hizo, despertó la atención de Mahiette.

—¡Por cierto, nos olvidamos de la reclusa! —exclamó—. Mostradme el Agujero de las Ratas para que le lleve la torta.


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