Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

La celda era angosta, más ancha que honda, abovedada en ojiva, y su interior se asemejaba bastante al alvéolo de una gran mitra de obispo. Sobre la losa desnuda que constituía el suelo, en un rincón, una mujer estaba sentada o más bien en cuclillas. Tenía la barbilla apoyada en las rodillas, las cuales apretaba fuertemente contra el pecho con los brazos. Encogida de este modo sobre sí misma, vestida con un saco marrón cuyos anchos pliegues la envolvían por completo, su larga cabellera gris echada hacia delante cayendo sobre su cara y a lo largo de sus piernas hasta los pies, presentaba a primera vista una forma extraña que se recortaba contra el fondo tenebroso de la celda, una especie de triángulo negruzco que el rayo de luz procedente de la lucera dividía con crudeza en dos matices, uno oscuro y el otro iluminado. Era uno de esos espectros mitad sombra y mitad luz, como los que se ven en los sueños o en la obra extraordinaria de Goya, pálidos, inmóviles, siniestros, acurrucados sobre una tumba o pegados a los barrotes de un calabozo. No era ni una mujer, ni un hombre, ni un ser vivo, ni una forma definida; era una figura, una suerte de visión en la que se superponían lo real y lo fantástico, como la oscuridad y la claridad. A duras penas se distinguía, bajo la melena que caía hasta el suelo, un perfil macilento y severo; a duras penas dejaba su túnica asomar la punta de un pie desnudo que se contraía sobre el suelo duro y helado. Lo poco de forma humana que se entreveía bajo aquel envoltorio de luto producía estremecimientos.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker