Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Aquella figura, que uno habría creído pegada a la losa, parecía no tener ni movimiento, ni pensamiento, ni hálito. Bajo aquel delgado saco de lienzo, en pleno enero, tendida directamente sobre un suelo de granito, sin fuego, en la oscuridad de un calabozo cuyo tragaluz oblicuo solo dejaba pasar del exterior el viento y jamás el sol, ella no parecía sufrir, ni siquiera sentir. Se habría dicho que se había hecho piedra con el calabozo, hielo con la estación. Sus manos estaban juntas, su mirada fija. A primera vista, uno la tomaba por un espectro; cuando se fijaba un poco más, por una estatua.
Sin embargo, sus labios amoratados se entreabrían a intervalos, y temblaban, pero tan muertos y maquinales como hojas que mueve el viento.
De sus ojos tristes escapaba asimismo una mirada, una mirada inefable, una mirada profunda, lúgubre, imperturbable, incesantemente clavada en un rincón de la celda que no podía verse desde fuera; una mirada que parecía reunir todos los sombríos pensamientos de aquella alma angustiada en no sé qué objeto misterioso.
Esta era la criatura que recibía, por el habitáculo que ocupaba, el nombre de «reclusa», y por la ropa que llevaba, el nombre de «Sachette».
Las tres mujeres, pues Gervaise se había unido a Mahiette y Oudarde, miraban por la lucera. Sus cabezas interceptaban la tenue claridad del calabozo sin que la miserable a la que privaban de ella pareciera prestarles atención.