Nuestra Señora de París

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—No la molestemos —dijo Oudarde en voz baja—. Está en éxtasis, rezando.

Sin embargo, Mahiette contemplaba con una ansiedad cada vez mayor aquella cara macilenta, marchita, aquel pelo enmarañado, y los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Sería realmente increíble —murmuraba.

Pasó la cabeza entre los barrotes del tragaluz y consiguió llegar con la mirada hasta el rincón donde los ojos de la desdichada estaban invariablemente clavados.

Cuando retiró la cabeza de la lucera, su rostro estaba inundado de lágrimas.

—¿Cómo llamáis a esta mujer? —le preguntó a Oudarde.

Oudarde respondió:

—La llamamos hermana Gudule.

—Pues yo la llamo Paquette la Chantefleurie —dijo Mahiette.

Entonces, poniendo el índice sobre los labios, le indicó a la atónita Oudarde que metiera la cabeza por la lucera y mirase.

Oudarde miró y vio, en el rincón donde los ojos de la reclusa estaban clavados con aquel sombrío éxtasis, un zapatito de satén rosa profusamente bordado en oro y plata.


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