Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Después Gervaise miró a Oudarde y entonces las tres mujeres, contemplando a la desdichada madre, se echaron a llorar.

Ni sus miradas, sin embargo, ni tampoco sus lágrimas habían distraído a la reclusa. Sus manos seguían juntas, sus labios mudos, sus ojos fijos, y para quien conocía su historia, aquel zapatito así mirado partía el corazón. Ninguna de las tres mujeres había pronunciado aún una palabra; no se atrevían a hablar, ni siquiera en voz baja. Aquel gran silencio, aquel gran dolor, aquel gran olvido en el que todo había desaparecido salvo una cosa, les producía el efecto de un altar mayor en Pascua o en Navidad. Callaban, se recogían, estaban a punto de arrodillarse. Les parecía que acababan de entrar en una iglesia el día de Tinieblas.

Finalmente, Gervaise, la más curiosa de las tres y, en consecuencia, la menos sensible, intentó hacer hablar a la reclusa:

—¡Hermana! ¡Hermana Gudule!

Repitió esta llamada hasta tres veces, elevando cada vez más el tono de voz. La reclusa no se movió. Ni una palabra, ni una mirada, ni un suspiro, ni una señal de vida.

Oudarde, con una voz más suave y acariciadora, dijo:

—¡Hermana! ¡Hermana santa Gudule!

El mismo silencio, la misma inmovilidad.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker