Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Qué mujer tan singular! —exclamó Gervaise—. ¡No la perturbarÃa ni una bombarda!
—Quizá esté sorda —dijo Oudarde, suspirando.
—O quizá ciega —añadió Gervaise.
—O quizá muerta —sugirió Mahiette.
Lo cierto es que, si bien el alma aún no habÃa abandonado aquel cuerpo inerte, dormido, aletargado, al menos se habÃa retirado de él y ocultado en unas profundidades a las que las percepciones de los órganos externos no llegaban.
—Tendremos que dejar la torta en la lucera —dijo Oudarde—. Alguien la cogerá. Parece imposible despertarla.
Eustache, que hasta ese momento habÃa estado distraÃdo mirando un carrito tirado por un gran perro que acababa de pasar, de pronto se dio cuenta de que sus tres acompañantes miraban algo por la lucera y, picado también él por la curiosidad, se subió encima de una piedra, se puso de puntillas y arrimó su gran cara colorada a la abertura gritando:
—¡Madre, dejadme mirar a mÃ!