Nuestra Señora de París

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Al oír aquella voz infantil, clara, fresca, sonora, la reclusa se estremeció. Volvió la cabeza con el movimiento seco y brusco de un resorte de acero, sus largas manos descarnadas apartaron los cabellos que le caían sobre el rostro y clavó en el niño una mirada sorprendida, amarga, desesperada. Aquella mirada apenas fue un destello.

—¡Oh, Dios mío! —dijo de pronto, escondiendo la cabeza entre las rodillas, y parecía que su voz ronca le desgarrara el pecho al pasar por él—. ¡Al menos no me mostréis a los de los demás!

—Buenos días, señora —dijo el niño con formalidad.

Pero aquella conmoción había despertado, por así decirlo, a la reclusa. Un largo escalofrío recorrió todo su cuerpo, de la cabeza a los pies, sus dientes castañetearon, levantó a medias la cabeza y dijo, apretando los codos contra las caderas y cogiéndose los pies con las manos como para calentarlos:

—¡Oh! ¡Qué frío!

—Pobre mujer —dijo Oudarde, compasiva—. ¿Queréis un poco de fuego?

Ella movió la cabeza en señal de rechazo.

—Entonces —añadió Oudarde ofreciéndole un frasco—, aquí tenéis un poco de hipocrás. Bebed, os calentará.


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