Nuestra Señora de París

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—¿Se habrá matado? —dijo Gervaise, aventurándose a meter la cabeza por la lucera—. ¡Hermana! ¡Hermana Gudule!

—¡Hermana Gudule! —repitió Oudarde.

—¡Ay, Dios mío! ¡No se mueve! —dijo Gervaise—. ¿Acaso está muerta? ¡Gudule! ¡Gudule!

Mahiette, a quien el estupor había dejado hasta entonces sin habla, hizo un esfuerzo.

—Esperad —dijo. E inclinándose hacia la lucera, añadió—: ¡Paquette! ¡Paquette la Chantefleurie!

Un niño que sopla ingenuamente sobre la mecha mal encendida de un petardo y lo hace estallar ante sus ojos, no se asusta tanto como le asustó a Mahiette el efecto producido por aquel nombre inesperadamente pronunciado en la celda de la hermana Gudule.

La reclusa se estremeció de pies a cabeza, se levantó y saltó hacia la lucera con unos ojos tan encendidos que Mahiette y Oudarde, y la otra mujer, y el niño, retrocedieron hasta el parapeto del muelle.

Pero el siniestro rostro de la reclusa apareció pegado a los barrotes de la lucera.

—¡Oh! ¡Oh! —gritaba con una risa espantosa—. ¡La egipcia me llama!


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