Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Y como fatigada de haber hablado tanto, dejó caer de nuevo la cabeza entre las rodillas. La cándida y caritativa Oudarde, que creyó entender por sus últimas palabras que seguÃa quejándose del frÃo, le contestó con ingenuidad:
—¿Queréis entonces un poco de fuego?
—¡Fuego! —dijo la Sachette en un tono extraño—. ¿Y haréis también un poco para la pobre niña que está bajo tierra desde hace quince años?
Todos sus miembros se pusieron a temblar; su voz vibraba, sus ojos brillaban, y se habÃa puesto de rodillas. De repente alargó su mano blanca y delgada hacia el niño, que la miraba con asombro.
—¡Llevaos a ese niño! —gritó—. ¡Va a pasar la egipcia!
Entonces cayó hacia delante y su frente golpeó el suelo con un ruido de piedra al chocar contra otra piedra. Las tres mujeres la creyeron muerta. Al cabo de un momento, sin embargo, se movió, y la vieron arrastrarse apoyada en las rodillas y los codos hasta el rincón donde estaba el zapatito. A partir de ese momento no se atrevieron a seguir mirando, ya no la vieron, pero oyeron mil besos y mil suspiros, mezclados con gritos desgarradores y golpes sordos como los de una cabeza que choca contra una pared. Después de uno de esos golpes, tan violento que se tambalearon, no oyeron nada más.