Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Habían transcurrido varias semanas.
Corrían los primeros días de marzo. El sol, al que Dubartas, ese clásico precursor de la perífrasis, aún no había llamado «el gran duque de las candelas», no estaba por ello menos alegre y radiante. Era uno de esos días de primavera tan plácidos y bellos que todo París, diseminado por plazas y paseos, festeja como si fueran domingos. En esos días claros, cálidos y serenos, hay determinada hora especialmente propicia para admirar el pórtico de Notre-Dame. Es el momento en que el sol, declinando ya hacia el ocaso, mira casi de frente la catedral. Sus rayos, cada vez más horizontales, se retiran lentamente del empedrado de la plaza y suben por la fachada, sobre cuya sombra hacen resaltar los altorrelieves, mientras que el gran rosetón central llamea como un ojo de cíclope inflamado por las reverberaciones de la forja.
Era esa hora.