Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Enfrente de la alta catedral enrojecida por el ocaso, en el balcón de piedra practicado sobre el pórtico de una rica mansión gótica que ocupaba la esquina de la plaza con la calle del Atrio, varias muchachas bonitas reían y charlaban con gran alegría y despreocupación. Por la longitud del velo, que caía desde la cúspide de su tocado puntiagudo y rodeado de perlas hasta sus talones, por la finura de la blusa bordada que cubría sus hombros y dejaba ver, según la provocadora moda de entonces, el nacimiento de sus bellos pechos virginales, por la opulencia de sus enaguas, más preciosas aún que los vestidos (¡maravilloso refinamiento!), por la gasa, la seda, el terciopelo con que todo aquello estaba cubierto, y especialmente por la blancura de sus manos, que demostraba su ociosidad y su pereza, resultaba fácil deducir que eran nobles y ricas herederas. Se trataba, en efecto, de Flor de Lis de Gondelaurier y sus compañeras Diane de Christeuil, Amelotte de Montmichel, Colombe de Gaillefontaine y la pequeña de Champchevrier, todas de buena familia, reunidas en aquel momento en casa de la viuda de Gondelaurier con motivo de la visita de monseñor de Beaujeu y de su señora esposa, que irían a París en el mes de abril para escoger a las damas de honor para la delfina Margarita cuando fueran a Picardía a recibirla de manos de los flamencos. Todos los hidalgos en treinta leguas a la redonda pretendían este favor para sus hijas y buen número de ellos ya las habían llevado o enviado a París. Estas habían sido confiadas por sus padres a la custodia discreta y vigilante de Aloïse de Gondelaurier, viuda de un antiguo jefe de los ballesteros del rey, retirada con su única hija en su casa de la plaza del Atrio de Notre-Dame, en París.