Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París El balcón donde estaban aquellas jóvenes se abría en una sala lujosamente tapizada en un cuero de Flandes de color rojizo con motivos vegetales estampados en dorado. Las vigas que listaban paralelamente el techo entretenían la vista con mil curiosas esculturas pintadas y doradas. Sobre unos arcones cincelados, brillaban espléndidos esmaltes; una cabeza de jabalí de porcelana coronaba un magnífico aparador cuyos dos pisos anunciaban que la dueña de la casa era esposa o viuda de un caballero de pendón y caldera. Al fondo, al lado de una alta chimenea blasonada de arriba abajo, estaba sentada en un rico sillón de terciopelo rojo la señora de Gondelaurier, que tan escritos llevaba sus cincuenta y cinco años en la vestimenta como en el rostro.
A su lado permanecía de pie un joven de expresión bastante altiva, aunque un tanto vano y bravucón, uno de esos mozos apuestos que hacen coincidir a todas las mujeres, si bien los hombres serios y fisonomistas los miran con indiferencia. Ese joven caballero llevaba el brillante uniforme de capitán de los arqueros de la ordenanza del rey, el cual se parece en exceso al traje de Júpiter que ya pudimos admirar en el primer libro de esta historia para que inflijamos al lector una segunda descripción del mismo.