Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Las damiselas estaban repartidas entre la sala y el balcón, sentadas unas sobre cojines de terciopelo de Utrecht con rebordes dorados, otras sobre escabeles de madera de roble con flores y figuras talladas. Cada una de ellas tenía sobre las rodillas una parte de un gran tapiz que estaban tejiendo en común, un buen trozo del cual se extendía sobre la estera que cubría el suelo.
Charlaban entre ellas con esa voz susurrante y esas medias risas sofocadas de un conciliábulo de muchachas entre las que hay un hombre joven. El joven en cuestión, cuya presencia bastaba para poner en juego esos amores propios femeninos, parecía, en cambio, bastante poco interesado en ellas; y mientras que las bellas muchachas competían para atraer su atención, él parecía ocupado sobre todo en bruñir con su guante de piel de gamuza la hebilla de su cinturón.