Nuestra Señora de París

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De vez en cuando la dama le dirigía la palabra en voz baja, y él le respondía como podía con una especie de cortesía torpe y forzada. Por las sonrisas, por los pequeños gestos de complicidad de doña Aloïse, por los guiños que hacía mirando a su hija Flor de Lis mientras hablaba bajito con el capitán, se deducía fácilmente que se trataba de un compromiso consumado, de un enlace sin duda próximo entre el joven y Flor de Lis. Y por la frialdad incómoda del oficial se deducía con igual facilidad que, por su parte al menos, no se trataba de un compromiso de amor. Todo su semblante expresaba un malestar y un aburrimiento que nuestros subtenientes de guarnición traducirían admirablemente hoy con la exclamación: «¡Menudo trabajo de perros!».

La buena señora, muy orgullosa de su hija, como una pobre madre que era, no se percataba del poco entusiasmo del oficial y se afanaba en señalarle en voz baja las infinitas perfecciones con las que Flor de Lis manejaba la aguja o devanaba el ovillo.

—Fijaos —le decía, tirándole de la manga para hablarle al oído—. ¡Miradla! ¡Ahora se agacha!

—Sí, es verdad —contestaba el joven, para acto seguido sumirse de nuevo en su silencio distraído y glacial.

Al cabo de un momento tenía que inclinarse de nuevo, y doña Aloïse le decía:


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