Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¿Habéis visto alguna vez un rostro más armonioso y más alegre que el de vuestra prometida? ¿Se puede ser más blanca y más rubia? ¿No son las suyas unas manos perfectas? Y ese cuello, ¿no se mueve con el mismo encanto que el de un cisne? ¡Cuánto os envidio a veces! ¡Y qué afortunado sois de ser hombre, malvado libertino! ¿Verdad que mi Flor de Lis es adorablemente bella y que estáis loco por ella?
—Por supuesto —respondÃa él, pensando en otra cosa.
—Pero hablad con ella —dijo de pronto doña Aloïse, empujándolo por el hombro—. Os habéis vuelto muy tÃmido.
Podemos asegurar a nuestros lectores que la timidez no era ni una virtud ni un defecto del capitán. No obstante, intentó hacer lo que se le pedÃa.
—Bella prima —dijo, acercándose a Flor de Lis—, ¿cuál es el tema de esta obra de tapicerÃa que estáis haciendo?
—Distinguido primo —respondió Flor de Lis con cierto tono despectivo—, ya os lo he dicho tres veces. Es la gruta de Neptuno.
Era evidente que Flor de Lis veÃa mucho más claramente que su madre las maneras frÃas y distraÃdas del capitán. Este sintió la necesidad de dar un poco de conversación.
—¿Y para quién es toda esa neptunerÃa? —preguntó.