Nuestra Señora de París

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—Para la abadía de Saint-Antoine-des-Champs —dijo Flor de Lis sin levantar los ojos.

El capitán cogió una esquina del tapiz.

—¿Quién es, bella prima, este gendarme gordo que toca la trompeta hinchando los carrillos?

—Es Tritón —respondió ella.

Seguía habiendo un tono de cierto enfado en las breves palabras de Flor de Lis. El joven comprendió que era imprescindible decirle algo al oído, una bobada, una galantería, cualquier cosa. Se inclinó, pues, pero fue incapaz de encontrar en su imaginación algo más tierno e íntimo que esto:

—¿Por qué lleva siempre vuestra madre una cotardía blasonada como nuestras abuelas de tiempos de Carlos VII? Decidle, bella prima, que hoy en día eso ya no se considera elegante y que el gozne y el laurel[88] bordados a modo de blasón en su vestido le dan el aspecto de un manto de chimenea andante. En verdad que la gente ya no se sienta así sobre su bandera, os lo juro.

Flor de Lis alzó hacia él sus bellos ojos llenos de reproche:

—¿Eso es todo lo que me juráis? —dijo en voz baja.

Mientras, la buena doña Aloïse, encantada de verlos así, juntos y susurrando, decía jugueteando con los cierres de su libro de horas:

—¡Qué conmovedora escena de amor!


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