Nuestra Señora de París

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El capitán, cada vez más incómodo, se inclinó nuevamente sobre el tapiz:

—¡Es realmente un trabajo encantador! —exclamó.

Al oír este comentario, Colombe de Gaillefontaine, otra bella rubia de piel blanca, con el cuello cubierto de damasco azul, pronunció tímidamente unas palabras dirigidas a Flor de Lis, con la esperanza de que el apuesto capitán respondiera a ellas:

—Querida Gondelaurier, ¿habéis visto los tapices del hotel de la Roche-Guyon?

—¿No es ese el hotel en cuyo recinto se encuentra el jardín de la Costurera del Louvre? —preguntó riendo Diane de Christeuil, que tenía unos bonitos dientes y, en consecuencia, viniera o no a cuento, reía.

—Y donde está esa vieja torre de la antigua muralla de París —añadió Amelotte de Montmichel, bella morena, lozana y de pelo rizado, que tenía la costumbre de suspirar igual que la otra reía, sin saber por qué.

—Querida Colombe —intervino doña Aloïse—, ¿os referís al hotel que pertenecía al señor de Bacqueville durante el reinado de Carlos VI? Hay allí soberbios tapices de alto lizo, en efecto.

—¡Carlos VI! ¡El rey Carlos VI! —masculló el joven capitán atusándose el bigote—. ¡Dios mío! ¡Qué cosas tan antiguas recuerda esta buena señora!

La señora de Gondelaurier proseguía:


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