Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Hermosos tapices, en verdad. ¡Un trabajo tan apreciado que pasa por singular!
En ese momento Bérangère de Champchevrier, esbelta niña de siete años que miraba la plaza entre los trifolios del balcón, exclamó:
—¡Oh, mirad, bella madrina Flor de Lis! ¡Hay una bailarina muy guapa que danza sobre el empedrado y toca la pandereta rodeada de burgueses plebeyos!
Se oÃa, efectivamente, el estremecimiento sonoro de una pandereta.
—Será alguna egipcia de Bohemia —dijo Flor de Lis, volviéndose indolentemente hacia el exterior.
—¡A ver! ¡A ver! —gritaron sus vivarachas compañeras corriendo hacia el borde del balcón, mientras Flor de Lis, pensativa a causa de la frialdad de su prometido, las seguÃa lentamente, y este último, aliviado por ese incidente que ponÃa fin a una incómoda conversación, se retiraba al fondo de la estancia con el aire satisfecho de un soldado relevado de servicio.