Nuestra Señora de París

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Era, sin embargo, un delicioso y placentero servicio ocuparse de la bella Flor de Lis, y así se lo había parecido en otros tiempos. Pero el capitán se había hastiado poco a poco; la perspectiva de un próximo matrimonio lo enfriaba de día en día. Además, era de carácter voluble y, ¿es preciso decirlo?, de gustos un tanto vulgares. Aunque de muy noble cuna, había contraído en el oficio más de un hábito de soldadote. Le gustaba la taberna y lo que esta lleva aparejado. Solo se encontraba a gusto entre palabrotas, galanterías militares, mujeres fáciles y éxitos fáciles. Sin embargo, había recibido de su familia una buena educación y buenas maneras; pero había corrido mundo y llevado vida de cuartel siendo demasiado joven, y el barniz del hidalgo se iba borrando progresivamente con el tosco roce de su talabarte de gendarme. Aunque seguía visitándola de vez en cuando por un resto de respeto humano, se sentía doblemente incómodo en casa de Flor de Lis. Para empezar, porque, a fuerza de dispersar su amor por toda clase de lugares, había reservado muy poco para ella; y además porque, rodeado de tantas bellas damas, estiradas y decentes, temía constantemente que su boca, acostumbrada a los reniegos, se desbocara de pronto y se lanzara a proferir expresiones tabernarias. ¡Imagínese el lector el efecto!

Además, todo esto se mezclaba en él con grandes pretensiones de elegancia, de distinción y de buena estampa. Que cada cual case estas cosas como pueda. Yo solo soy historiador.


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