Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Llevaba ya un rato, pues, pensando o sin pensar, apoyado en silencio en la chambrana esculpida de la chimenea, cuando Flor de Lis, volviéndose de pronto, le dirigió la palabra. Después de todo, la pobre muchacha se mostraba enfurruñada con él de muy mala gana.
—Distinguido primo, ¿no nos habÃais hablado de una joven gitana a la que salvasteis hace dos meses, mientras hacÃais la contrarronda nocturna, del ataque de una docena de ladrones?
—Creo que sÃ, bella prima —dijo el capitán.
—Pues quizá sea esa gitana que baila en la plaza. Venid a ver si la reconocéis, distinguido primo Phoebus.
Él percibió un secreto deseo de reconciliación en esa amable invitación que le hacÃa de ir junto a ella y en el detalle de llamarlo por su nombre. El capitán Phoebus de Châteaupers (pues es a él a quien el lector tiene ante los ojos desde el comienzo de este capÃtulo) se acercó lentamente al balcón.
—Fijaos —le dijo Flor de Lis, poniendo tiernamente la mano sobre el brazo de Phoebus—, mirad a esa jovencita que baila allÃ, en medio de aquel corro. ¿Es vuestra gitana?
Phoebus miró y dijo:
—SÃ, la reconozco por la cabra.
—¡Oh, es verdad, qué cabrita más linda! —exclamó Amelotte juntando las manos con admiración.